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Después de releer unas líneas de las confesiones de Peggy Guggenheim y de pensar en los collages de Christele Jacob
Fernando Arrabal
“Hijo mío, hijo mío”
Por fin encendió la lámpara y vi su cuerpo. Pero su cara permaneció en la oscuridad.
Yo le dije: “Mamá”.
Me pidió que la abrazara. La abracé y sentí sus uñas clavarse en mis hombros: pronto noté la humedad de la sangre.
“Hijo mío, hijo mío, bésame”
Me acerqué y la besé. Y sentí sus dientes clavarse en mi cuello y brotar mi sangre.
Entonces vi que llevaba colgando de su cintura una jaula minúscula con un gorrión en su interior. El gorrión estaba herido pero cantaba: su sangre era mi sangre.
Arrabal. La piedra de la locura